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lunes, 17 de julio de 2017

Domingo democrático

Notas de la jornada de consulta popular de venezolanos en Bucaramanga el 16 de julio de 2017.

Primer cuaderno:
Señor ¿Sabe cómo votar? Debe responder las 3 preguntas y...
- Sí, Sí, Sí
- ... Recuerde que no debe dejar...
-Sí, Sí, Sí
Y se fue contento con su papel el señor de 72 años.
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- Señora ¿Dulce? (el miembro de mesa revisa el nombre de la señora que se acerca a votar)
- Amarga desde hace 18 años, mijo. Vengo a votar a ver si recupero mi nombre.
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La mayoría llega contenta, eufórica, sacando su cédula venezolana y cuando le piden el pulgar para la huella, pone el índice, confundida. En Colombia la huella se suele dejar con el índice y nosotros los venezolanos nos amoldamos rápido a este país que nos acoge.
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Segundo cuaderno
Eran las 6:50 pm cuando, al no ver más gente en cola, anunciamos el cierre de la jornada y dimos un aplauso eufórico.
Pero empezaron a llegar personas regaditas, corriendo, preguntando si podían votar; llegaban esperanzados, como cuando ansías que no te cierren la puerta del cine, de esa obra que tanto querías ver. Traían el sudor del día domingo, algunos con bolsitas amarradas en la mano, trajinadas como su esperanza. En los casos muy inmediatos no hubo forma de decirles que no y alcanzaron a votar en la mesa que aún no había cerrado. Nadie les compró su voto, no tuvieron que verse restregados en la miseria de decidir porque alguien les hubiera prometido una bolsa de comida. Vinieron solos, tenían en su agenda votar porque se vuelven a sentir parte de algo que los supera como individuos; es su pedacito de voz que aunada a otros pedacitos se vuelve un grito. Ahí es cuando se entiende aquello del derecho soberano: yo vine, yo dije, yo participé.
Pero no todos lo lograron. Ya cuando empezó el conteo manual de votos se siguieron acercando otras personas con voz tímida y frustrada por no haber podido llegar a tiempo. Uno de ellos, un hombre de piel muy oscura, grandote y musculoso, llegó con su braga de mecánico. Preguntó si podía votar y ante la negativa lanzó un sentido: ñoesumadreee. Se quedó segundos pensando mientras se secaba el lagrimal. "No me dieron permiso para salir antes, nojoda".

Me imaginé a Rousseau tirando piedritas en un parque, una tarde nublada.

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Cuando contábamos las boletas, alguien sugirió voltear y agradecerles con un fuerte aplauso a ellos, los que estaban aún del otro lado de la calle, vigilantes aún.
No me dio tiempo de saber cuántos eran, pero la Policía Nacional de Colombia estuvo presta durante todo el día para velar por el orden en una actividad con más de mil personas juntas, como lo reza el comunicado.
Se ven jóvenes, respetuosos, guardianes permanentes. Serán los ojos de quien contrasta el rol del uniformado con botas en su país natal.
Aunque no hubo desorden público, ellos estuvieron ahí, animados hasta última hora. Nos volteamos todos, agradecidos con un gran aplauso. Julián, de 24 años, estaba a mi lado y aplaudía sonriente; de repente se volteó a decirme: "primera vez en mi vida que le aplaudo a un paco".
Se me vino el mundo encima y se me ocurrió pedirle perdón a esta generación de jóvenes venezolanos que creció con los militares en el poder, esos que sonríen con sorna mientras se miran su bota reluciente y esperan que el civil se voltee para atacarlo.
Seguí aplaudiendo y se me llenaron los ojos de lágrimas, una vez más.
No sé por qué pensé en Hobbes, como nadando en una piscina de tres centímetros.

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Después de una larguísima, agotadora y emocionante jornada, se fueron yendo uno a uno y quedó lo que llamamos en nuestra pretensión organizada, el comité del punto soberano de Bucaramanga.
Cada quien empezó a agarrar las bolsas de basura, recoger las cajas, vino el cepillo de barrer, desmontar una gran carpa. Todos los hombres exhaustos, se alinearon en una esquina y uno, dos, tres, abajo, a recoger grandes tubos, doblar la lona, quitar los cables, seguir la vida.
Ahí no hubo camión del CNE ni máquinas samartmatic, ni órdenes y contraórdenes. No hubo barandas, no hubo maniqueos discursivos.
A las 9:00pm, nos sentamos un rato en la acera a ver pasar la euforia. Había tanto silencio que logré escuchar un lejano vallenato.
Tuve que imaginarme a Simón Bolívar en una hamaca destemplada.

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viernes, 17 de octubre de 2014

Venezuela, Acceso Abierto y la fábrica de ilusiones

Como una expresión de voluntad hacia la circulación libre del conocimiento, haciendo uso de Internet, el gobierno venezolano aprobó recientemente en sesión de la Asamblea Nacional, la primera vuelta de un Proyecto de Ley sobre Acceso Abierto, asunto que ha sorprendido a más de uno, principalmente a quienes hemos venido haciendo seguimiento a las políticas públicas en América Latina, en este tema.

De aprobarse en forma definitiva, celebramos que sea Venezuela el cuarto país en la región en elevar una ley nacional sobre Acceso Abierto, después de Perú, Argentina y México. Cada una de estas experiencias previas cuenta con sus matices, ventajas y limitaciones para reglamentar lo decretado, pero, al fin y al cabo, es un gran avance contar con decisiones de Estado en este tema que ha movilizado sin duda la comunicación de la ciencia en las últimas décadas. Esperamos que Venezuela haya recibido la suficiente asesoría y tome en cuenta la experiencia de sus países hermanos en este tema.

No obstante, al leer el Proyecto de Ley es inevitable que asalte cierta contrariedad ante lo que se entiende por conocimiento. No queda claro, por ejemplo, que el conocimiento que se supone deba ser de libre acceso se derive de un sistema  nacional científico tecnológico y de innovación (CTI) que requiera ser fortalecido. Al no asomar en ninguna parte del texto que la llamada sociedad del conocimiento esté asociada (entre otros) a la productividad científica, se concluye que esta Ley podría pasar a formar parte de la lista de buenas voluntades e ilusiones adornadas de una arenga reivindicativa de los pueblos, sin ningún tipo de asidero para pretender cierto impacto en la práctica.

Debemos advertir que el Acceso Abierto no es un invento de los gobiernos ilusos que levantan la voz, cacareando soberanía en nombre de un movimiento de libre contenido. Esta tendencia se origina precisamente en los países de mayor productividad científica, cuyas comunidades de investigación detectaron tempranamente las ventajas de Internet para reivindicar la autonomía de quienes producen ciencia en la distribución y acceso a los resultados de investigación. Se trata sin duda de uno de los planteamientos más revolucionarios en los últimos tiempos, surgidos desde la academia misma ante una condición históricamente monopolizada que durante siglos impidió una libre circulación del conocimiento científico, con una estructura creciente de costos.

Convencidos progresivamente, los Estados europeos, de América del Norte y algunos de América Latina han empezado a ver la necesidad de legislar sobre un tema que requiere cambios culturales y organizativos para hacerle frente. Entre algunos aspectos nuevos, se introduce la necesidad de consolidar una infraestructura de redes académicas en la cual deben soportarse las iniciativas de libre acceso al conocimiento, además de generar planes específicos de formación de un recurso humano técnico organizativo que enfrente con solvencia retos, como por ejemplo, la creación y consolidación de repositorios institucionales y su respectiva interoperabilidad con otras plataformas para alcanzar la verdadera visibilidad de la producción científica nacional. El Programa Horizonte 2020 de la Unión Europea es un buen ejemplo.

Si Venezuela apunta hacia este camino, debe sin duda eliminar barreras internas como por ejemplo la promulgación del decreto 6649 que ha declarado el uso de Internet y la inversión en TIC como un gasto suntuoso en las estructuras públicas, entre ellas, las universidades, una forma de echar por tierra la condición prioritaria de Internet, años atrás promulgada. Sincerar la condición de rezagados en materia de conexión a Internet también sería un buen ejercicio para lograr avances, pues es el soporte básico para que los usuarios finales puedan acceder al contenido que se obliga a hacer visible.

Pero suponiendo que ésta sea una tarea fácil, al igual que declarar la condición libre y pública del conocimiento, se debe crear un ambiente favorable para que éste se produzca. En un estudio realizado este año por esta servidora, sobre los indicadores de inversión en el sector CTI, productividad científica, tendencias de visibilidad académica en la web y colaboración científica en ocho países y 22 universidades de América Latina, obtuvimos los siguientes resultados:

  • Venezuela registró en el año 2010 una alta inversión en CTI: 2,36% del PIB (RICyT 2010), lo que la ubicó como un país fuera del promedio registrado en la muestra de la región (con menos de 1%). No obstante, desde el año 1996 Venezuela expresa una tendencia muy baja en su productividad científica, medida por las publicaciones que forman parte de la lista de la empresa Elsevier, alejándose considerablemente de países como México, Argentina, Chile y Colombia. Contrario a estos países, con un sostenido crecimiento en la productividad científica, Venezuela reflejó una disminución progresiva desde el año 2009. Esto nos dice que no hay una relación proporcional entre la inversión registrada y la productividad científica.
  • Entre los países de la muestra, Venezuela registró la participación más baja en proyectos colaborativos financiados por fondos europeos.  
  • En iniciativas nacionales, como programas oficiales para optimizar la infraestructura de redes académicas, capacitación y estímulo en la creación de repositorios, Venezuela registró un nivel bajo, muy alejado de países con iniciativas consolidadas, como Chile y Colombia.
  • Después de haber ocupado lugares privilegiados a principios del siglo XXI en el ranking web de universidades del mundo, en el año 2013 la Universidad de Los Andes ocupó uno de los últimos lugares en las instituciones de la muestra, en este mismo ranking.  

Sin duda, estamos cada vez más alejados de contar con un ecosistema fortalecido para la producción científica y su respectiva inserción en el modo emergente de la comunicación de la ciencia. En estos tiempos de nuevas demandas sociales hacia la actividad científica, no estamos como para estar defendiendo a ciegas una condición neutral y valorativa de la ciencia, pero esto no puede llevarnos a pensar que una sociedad del conocimiento se construye aislada de la actividad académica. Preferimos pensar que cuando el texto del Proyecto de Ley habla del conocimiento, como un “ejercicio de la soberanía popular” no debe estar refiriéndose a eso, pues sería suponer que Venezuela es un país experto en fabricar ilusiones sin tierra firme.