sábado, 3 de enero de 2026

Enfermedad imperial

 

A mí no me gusta Trump y lo escucho con migraña cuando dice en primera persona del plural que "nosotros vamos a manejar el país hasta que se pueda hacer una transición”. Si en el fondo los venezolanos asentimos ante la metodología para capturar a Maduro, no es porque formemos parte de una comisión de ninguna derecha de literatura. Cuando el dilema moral nos presiona, pero el corazón late con fuerza es porque hace más de 20 años hemos perdido la autodeterminación, secuestrada de manera casi invisible, primero por militares, y luego por una red de malandros en el poder que astutamente se fueron vendiendo como representantes de izquierda.

Desde el año 1998 los venezolanos vimos casi con incredulidad la entrega silente y progresiva de algunas instituciones venezolanas a grupos cubanos políticos y de inteligencia (no me lo contaron, yo lo viví). Venezuela había fortalecido su industria petrolera, nacionalizada antes de Chávez; todo esto fue destruido en el chavismo en forma explícita desde los despidos de PDVSA y, a cambio, negociado lentamente nuestros recursos a Irán y China, interesados en el petróleo, tanto como Estados Unidos. Ha sido difícil para los venezolanos explicar en el mundo que no se trata de ninguna lucha ideológica, sino de un secuestro de poderes, con manos extranjeras en nuestro propio país. Lo hemos vivido.

La intervención con armas y ataques violentos a otro país es, claramente, deleznable. Pero Venezuela perdió su soberanía hace años, con un arma silente, casi invisible, que ha entrampado la interpretación de lo que sucede en un falso dilema ideológico. Frente a un mundo perplejo, vimos desmoronar la última carta de la voluntad popular en las elecciones de julio 2024. Entonces, ese poder supremo, imperium, se le ha diluido en la cotidianidad al venezolano, porque hace tiempo que somos extranjeros, afuera y adentro de nuestro territorio. Cada quien guarda su bandera arrugada en el pecho, esperando que las piezas de los más grandes, del Norte, del Sur, del Este o del Oeste, nos devuelvan lo que nos fue arrebatado hace tiempo. Ojalá Trump hable menos tiempo en primera persona del plural sobre Venezuela, que lo que lo han hecho los del otro patio. 

miércoles, 1 de enero de 2025

Cien años en 400 páginas y ocho capítulos en Netflix

Cien años de soledad fue escrita y publicada hace más de 50 años.  Como para ser olvidada ya,  para los ritmos de estos tiempos.  En los últimos 20 años ha pasado mucho más que todos los inventos de varios siglos presentados por Melquiades en Macondo: el hielo,  la brújula,  el imán, la pianola. Y sin embargo hoy vuelvo sobre el papel amarillento,  el libro físico de 412 páginas.  La primera vez que leí la novela,  hace 35 años,  esculcaba las palabras; descubrí las favoritas de Gabriel García Márquez: "insondable", "estentórea"... Me quedaba horas pensando en la magia narrativa sostenida en oraciones simples: "el mundo se volvió triste para siempre", "la casa se llenó de amor". Podía pasar ratos largos embelesada por la descripción elegante: "... se sintió levantado en vilo hacia un estado de inspiración seráfica... en un manantial de obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían por la boca traducidas a su idioma".  García Márquez fue mi inspiración para la mano de seda con las palabras. 

Hace 10 años,  emocionada y nostálgica por aquellos momentos de algarabía garciamarquiana, intenté volver a leer 100 años de soledad; no pude pasar del primer capítulo. Había olvidado casi todo y la historia me parecía enrevesada. Parece que no fue mi momento para un segundo intento.  Cerré el libro y abandoné la idea, temerosa de que se destruyera el sentimiento de gratitud hacia la novela. 

Vi en Netflix recientemente la serie de 100 años de soledad,  con dudas. Como ya sabemos,  cada quien tiene su Macondo en la cabeza.  Pero me dejé llevar.  Fui negociando con las escenas.  Recordé párrafos completos.  Se me ordenaron mejor los personajes y, sobre todo: me pareció una historia más realista que mágica porque vivo en Colombia desde hace una década y ahora entiendo que la guerra cotidiana, esa que se transforma luego en muertos,  no es ficción.  Resultado: volví sobre el libro con una mezcla de escenas propias y de la serie.  Heme aquí redescubriendo ahora el tiempo narrativo en la novela, apasionándome, además, por el ritmo y ordenando de una nueva manera la historia que se le ocurrió al Gabo escribir mientras pasaban -él y Mercedes- penurias en París. Y, sobre todo, reinterpretando a Colombia, desde la mirada de un escritor que removió en sus tiempos algunas llagas de las que ahora quedan cicatrices.

El balance es positivo: un libro que fue escrito hace más de 50 años,  se reubica,  serie audiovisual en medio, en el imaginario de la gente,  viejas y nuevas generaciones retoman la historia o la abordan por vez primera, unos pelean por la adaptación,  mientras hay quien la defiende. Otros miran TikTok para entrar en la onda y hay quien,  como yo,  agradece la reconstrucción de la historia en nuestras cabezas y, sobre todo,  honrada por tener la oportunidad de releer con la paciencia aderezada de 100 años en 400 páginas y ocho capítulos audiovisuales.  Me quedo con ese gran mérito: volver sobre "la clepsidra secreta de las polillas", en las que Aureliano veía a Remedios, aunque la imagen me dijera mucho menos que la palabra escrita.

domingo, 28 de julio de 2024

El gen del voto en Venezuela


La entrega del poder por parte de dictadores, vía electoral, es desde el sentido común una contradicción. Las elecciones son un mecanismo de alternabilidad del poder, propio de la democracia, en la que cabe la posibilidad de un cambio de actores políticos, si el juego es limpio y la voluntad popular así lo impone. ¿Por qué habría de arriesgarse el dictador en Venezuela cuya lógica es la imposición por la fuerza? ¿Por qué seguiría jugando la oposición, golpeada y maltratada por este régimen? ¿Por qué Venezuela vuelve a votar?

Lo hace porque, aunque detrás del chavismo está la lógica de ingeniería socio política cubana, Chávez se consolidó en el poder por vía electoral con una confianza en el voto; incluso, cuando perdió aquel referéndum que llamaba a cambiar la constitución, lo aceptó aun con los nudillos ensangrentados. Pero por otro lado, toda la generación política actualmente opositora, se formó en una democracia, imperfecta, sí, pero centrada en el voto. Y, aun con la duda de las tendencias irreversibles a favor del oficialismo, tantas veces proclamadas en las elecciones anteriores, en el aire todavía se sigue respirando la idea del voto como vía, reactivada por el esperanzador llamado de María Corina con un liderazgo sin precedente.

Si no hubiera sido por la interrupción generada por Chávez, Venezuela hubiera compartido con Colombia el mérito de tener la democracia más larga desde el siglo XX con alternabilidad en el poder. Pero a Chávez, militar, outsider político y cautivador de masas, le salió bien el inicio del guion: fracasó en un golpe de Estado y luego llegó al poder bajo una serie de circunstancias que concluyeron en el escenario electoral, con abrumadora mayoría. De tal manera que el chavismo carga a cuestas la idea electoral aunque progresivamente en sus veintiséis años en el poder haya eliminado la prensa libre, fustigado la diferencia hasta llegar a la tortura, concentrado todo el poder en uno solo y obligado a siete millones de personas a salir de su país; por supuesto, también ha visto morir lentamente el fervor popular de otrora, por razones obvias.  

Venezuela en el siglo XXI terminó experimentando una neodictadura, cuyos gobernantes han tenido más de dos décadas para adaptar sus estrategias de permanencia en el poder, inspiradas en una retórica de izquierda sexy, aunque cada vez más débil, con elecciones en medio. Maduro se ve así obligado culturalmente a seguir insistiendo en la fachada electoral como imagen de un gobierno democrático, aunque, alejado de la varita mágica de su predecesor para enamorar a las masas, ha tenido que inventarse una reingeniería de partidos, con una oposición a su medida, inhabilitaciones, falta de observación, amenazas y falacias por delante.

Pero el tiro esta vez le ha salido por la culata al oficialismo y el ambiente se torna enrarecido: una campaña históricamente curiosa, con evidente voluntad de cambio y una mayoría visible de apoyo hacia un candidato de oposición, con una líder inhabilitada enfrente ¿Será limpio el proceso ante la posibilidad de que Maduro pierda? Las dudas aplican porque salir del poder apuntaría a ser juzgado por los desafueros y violaciones aceptadas otrora.

En América Latina las dictaduras militares del siglo XX terminaron llamando a elecciones por una serie de presiones internas o externas en las que el apoyo popular y el consenso de los militares primaba (Colombia, 1957; Ecuador: 1976; Argentina, 1983; Chile, 1990) y esto devino en transiciones hacia la democracia. Venezuela es hoy una neodictadura que juega a ser una democracia y por tal no sabemos si Maduro y su equipo estén dispuestos a respetar los resultados; Maduro no es popular, pero los militares han sido neutralizados: los retirados y los que permanecen al frente de las Fuerzas Armadas. Una condición que desconsuela, pero ahí están de nuevo los venezolanos, reactivando su disposición a votar como vía al cambio y eso, quizás, sea un elemento erosionador para el monstruo enquistado en el poder desde hace varias décadas. Quienes estamos afuera y no pudimos manchar nuestro dedo meñique esta vez, lo que se nos ocurre es abrazar a la distancia la voluntad democrática que nos legaron cuarenta años de períodos electorales, antes del chavismo. Porque el voto es un gen que perdura en Venezuela por varias generaciones.

domingo, 23 de junio de 2024

Gracias, Argelia


La primera vez que te vi llegaste al salón con unas carpetas que se desbordaban de papeles. Periodismo interpretativo. A buscar la información y nos vemos en un par de horas. ¡¿queeeeé?! Saliste decidida y en efecto, nos volvimos a ver a diez para las doce. Entendí la premura del periodismo. 

Me encantaba escribir y disfrutaba leer la realidad, convertirla en palabra. No me iba mal y empecé a sentirme confiada. Pero un día no me bastó con la intuición y saqué muy baja nota. ¡¿Queeeeé?! Me paralizó tu respuesta en público: "¿Qué querías tú? Eso que me entregaste es una cagada". Entendí la exigencia. 

Un día nos dejaste toda la mañana viendo programas de Sofía Ímber. Yo muy atenta con los invitados de altura. Después de unas horas nos preguntaste: ¿Qué les pareció? Muy bueeeeena. Y nos respondiste: "pues sigan estudiando porque eso es exactamente lo que no se hace cuando se entrevista". Tomaste tus cosas y saliste en silencio. Entendí la escucha. 

Me invitaste a tu casa y me sentí tu par. Pasábamos de la cerveza al libro, del titular al chiste. Del desacuerdo al abrazo. Del ritmo a los olores de cocina. De lo público al secreto. Entendí la complicidad. 

Estudié periodismo económico, pero tú me empujaste al periodismo científico. Me brindaste espacios, congresos, experiencias que me anclaron a la magia imperfecta de la ciencia, al método. Entendí la escuela. 

Un día te cortaste el cabello muy corto y te fuiste a España. Te veías hermosa, regia. Te vi tan noble, tan grande, tan entusiasta, que aprendí de tu risa. Regresaste de España y decidiste vivir en Mérida. Gran regalo: mi colega, mi hermana, mi cómplice en la misma ciudad. Hicimos taichí, te leí a Veríssimo (¿mí tarzan, tú jane?) bailamos tango (ocho por delante, ocho por detrás y pausa al ritmo del bandoneón). Fuiste jurado de mi tesis de maestría: la democracia en primera página. No paramos de disertar. No paramos de reír. No paramos de hacer zigzag. Aprendí la belleza de lo sencillo. 

Celebramos tus cincuenta y proclamaste tu derecho a decir que no, sin ningún rodeo. En la playa te arrastrabas feliz en la arena sin importar quién te viera, gritando tu derecho a sentirte niña. También proclamaste tu derecho a ser libre en la madurez, con tu cabello blanco, contracorriente, hasta que nos restregaste nuestros prejuicios y entonces empezamos a verte tan deslumbrante. Aprendí sobre las grandes libertades pequeñas. 

De repente parabas de hablar y hacías preguntas verificadoras en tono de secreto ¿yo también soy así? ¿Estoy hablando mucho? ¿Había papel cuando fuiste al baño? Acariciabas con tus dedos la tela cercana, mirabas con distracción la textura y de repente, volvías a lanzar tu reflexión profunda sobre la ética, la época, la estética. Aprendí las capas de la vida. 

Quisiste a mi madre y la buscabas para ir a la iglesia. Quisiste a mi hijo con gran ternura. Quisiste a quienes quise. Nos recreaste en forma de tela, pequeños tejidos despeinados que asomaban nuestra esencia. Aprendí las costuras de la vida. 

Fuiste mi tutora de tesis doctoral. Un vaivén de dudas y certezas nos separaron y unieron muchas veces. Con paciencia esperaste mi búsqueda. Aprendí la espera. 

La última vez que nos vimos te regalé un erizo de tela. Un día me escribiste que sus ojitos te enamoraban. Yo te alcancé a escribir: "Es como si fuera un garabatico de ideas tiernas vigilando el caos. Un matiz de pepitas alertas para hacer del susurro unos hilitos espelucados que cosquillean lo espeso. Parece un loquito imitando a mi amiga Argelia empatucarse de arena en la playa. Es, a todas estas, un buchachito redondo tratando de hacer los dibujos dentro de la línea, con poco éxito, casi esperando el retoque de lo espontáneo". Quería decirte tanto. 

No me canso de ver los últimos chat, tan ocurrentes. En medio de la incertidumbre jugamos a escaparnos para ir a la playa y nos llevábamos el erizo con un gran sombrero. Me dijiste: "si no me ves cuando llegues, no le pares. Allí está mi cuerpo astral 😉". Sé que hablabas en serio, pero yo me refugié en emoticones. Quería decirte tanto, pero no pude. 

Gracias, Argelia, por todo lo que fuiste en mi vida. Ahí estarás en la playa. Eso fue lo que quise decirte.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

La visión gonzosa de Gabriela Wiener

 

Gabriela Wiener inicia con voz muy baja los primeros espacios de su intervención en Ulibro, la Feria del Libro de Bucaramanga. Pareciera acorralada por el calor y yo, que a mis cincuenta y dos años no puedo ver a una mujer con gesto de abanico angustiado porque se me despierta una solidaridad que sale del vientre, empiezo a preocuparme más por eso que por lo que va a decir. Veo que la gente a mi alrededor tiene mucho calor y me tranquilizo.

Yo no la conocía. La agenda rica de Ulibro me hizo pasar por encima su nombre y apellido; menos mal, la mente cuelga rinocerontes donde en realidad hay hormigas (o al revés). Ahora que lo pienso, Wiener suena a explorador ancestral. Gabriela habría aclarado en algún momento de su presentación: el apellido que blanquea. Es una periodista y escritora peruana en Madrid, dato que ya nos va diciendo suficiente.  

Su más reciente publicación: Huaco retrato. Busco en el diccionario y ahí está: “Huaco: objeto precolombino hecho de cerámica… ” y no sé por qué se me ocurrió pensar en la Venus de Willendorf,  (el cerebro siempre me hace esa jugarreta). Entonces, de la mano de la moderadora, Erika, intentamos hacer un ejercicio de adentrarnos a una cueva para imaginarnos las diferentes capas del libro. Cuando inicia, Gabriela pareciera no querer entrar a ninguna cueva en ese momento. Emite un sonido entre idea e idea, una especie de chasquido arrastrado con la lengua y el paladar, como si viniera de regreso de una cueva no lineal, enlodada en sus diferentes capas y, casi, nos hiciera dudar de lo que va a decir.

Siendo su tatarabuelo Charles Wiener (esta vez mi cerebro había acertado), su libro narra la sensación extraña de verse representada en figuras precolombinas asentadas en museos europeos “arrancadas del patrimonio cultural de mi país por un hombre del que llevo el apellido”. Pienso en la gestión reciente de recuperación de piezas precolombinas que han empezado a retornar a Colombia, un tour reivindicador de la noción de patrimonio. Primera capa de la cueva. Me empiezo a interesar por lo que dice y el chasquido que hace se escucha cada vez menos. O ya soy yo la que no lo escucha.

En la mitad de la cueva me encuentro con una capa más enlodada y la presentación de Gabriela empieza a transcurrir por vaivenes que me activan: el cuerpo como territorio, bandera que ondea dificultosamente por otros lugares reivindicativos. Busco a Gabriela en Internet para intentar asirla. La escucho con atención y se me antoja sincera en sus tránsitos. Poliamorosa explícita. Liberal con amarras tradicionales, porque tampoco es que venimos de otro planeta: “hay celos y follamos con la mujer blanca”. Habla Gabriela, el personaje del libro y la escritora a su vez, la peruana de color marrón, la Wiener, la poliamorosa, la del chasquido.

Times número siete

La primera edición de Sexografías, de Gabriela Wiener, se lanzó en el año 2008, una serie de crónicas periodísticas sobre situaciones cruzadas por identidades íntimas exploradas de diversas maneras; fisiologías, deseos y humedades poco contadas, casi incómodas para cualquier marco, conservador o liberal, todo un espectro narrativo donde el cuerpo es como un aeropuerto sin aduanas y los personajes follan en diferentes contextos, cuitas y resoluciones.

La edición ampliada (2022), quizás casi quince años después de las notas originales, introduce un relato paralelo en sus notas a pie de página que resultan casi tan interesantes como las crónicas mismas: en letra times número siete podemos entrar a otra capa de la cueva, aquella más oscura que no vio luz en su momento y que, pasados los años, Gabriela decide contar. Como si el lodo de la cueva lo estuviese sacudiendo por partes, para poder mantenerse a flote.

Gabriela pudo haber escogido hacer crónicas sobre la pobreza, sobre la guerra, sobre las urbes afectadas por el tráfico,  las agendas culturales, o las estadísticas inflacionarias. Pero no lo hizo. Escogió el sexo como tema central y se insertó en el llamado periodismo gonzo, con una pluma solvente, airosa e involucrada que lee la sociedad desde lo genital. Una apuesta arriesgada que culmina en una forma honesta y con vaivenes para interpretar la sociedad, en íntimo y en colectivo.

Cualquiera hubiera esperado que pusiera distancia en ocasiones en las que la realidad abordada desbordara sus convicciones, pero no lo hizo: fue protagonista de gran parte de sus historias, se dejó azotar, se arrepintió y volvió. Sus crónicas dibujan una realidad cruda, sin filtro, de personajes explorados a pulso con una entrelínea radicalmente subjetiva, como desnudándose ella misma ante los dilemas propios de una sociedad que mide los placeres a punta de penetraciones.  

Fue una interesante decisión relanzar una edición ampliada con pie de páginas que transparentan más a una escritora capaz decir “es mentira” eso que dije hace unos años, para luego desplegar confesiones inesperadas,  crudas,  divertidas y hasta tiernas. Para quienes leyeron la primera edición, debe tratarse como una segunda temporada. Los pies de páginas de este libro terminan siendo la narración en estilo gonzo de una escritora que ha ido cambiando con sus historias, al igual que sus personajes: protagonistas de cama que envejecen, tienen hijos, hijas, se avergüenzan o reivindican su mirada y hasta mueren deseando que la sociedad sea más justa, más honesta.

lunes, 19 de junio de 2023

El pulgar oponible de mis vecinos


Voy en el avión sentada en medio de dos pasajeros. A mi lado derecho tengo a un hombre que debe andar por los treinta, calvo, de barba bien delineada, atlético y casual, más bajo que yo, con unos audífonos colgando de su cuello. A mi lado izquierdo, mi vecina es una monja, una mujer quizás cercana a los sesenta años que acomoda con dificultad su indumentaria negra íntegra sobre el asiento.


Yo tomo mi libro, tratando de entrarle a una narrativa que todavía me cuesta, estoy dándole vuelta a las palabras y a la situación que el autor plantea en las primeras páginas. Mis vecinos miran su celular. Él mueve rápidamente los dedos pulgares, no para nunca; tiene un fondo de WhatsApp negro destellante con brochazos naranja. Manda y recibe memes y gif, varios por minuto. Escribe, manda, recibe, cambia, y el pulgar oponible emerge con audacia. Mi vecina toca suavemente su pantalla con el dedo índice de la mano derecha y mueve hasta el codo, con cierta rigidez. Sube lentamente el dedo y la información de la pantalla se mueve, luego separa la instrucción del aparato y su mano queda en el aire por unos segundos, delinea como quien dirige una humilde orquesta, indecisa, el pulgar oponible se confunde y termina ganándole el dedo índice, de nuevo en la parte inferior de la pantalla. Y todo vuelve a subir: un baile lento que roza la textura digital. En su chat ella recibe una imagen del corazón de Jesús y otra de una virgen, alguien le escribe y ella manda un audio, comenta detalles de su viaje y lamenta no haber tenido tiempo de asistir a la misa; cierra, va a su galería de imágenes, un altar digital plural: ellas y ellos con manos alzadas y rostros angelicales, con fondos celestiales, vírgenes y santos. Mi vecino no para de ejercitar sus pulgares. 

Ya a punto de volar, él asume actitud de cierre, instala sus audífonos y guarda su teléfono en el bolsillo del asiento. Ella sigue acariciando sus imágenes y hace otra llamada con más detalles sobre su itinerario. Bendice, cierra, mira su chat preferido, acaricia la pantalla. El vecino vuelve a sacar su celular y hace un video de la pista. Ella llama de nuevo y pregunta por algo que había olvidado. El vecino guarda su celular con nueva actitud de cierre y segundos después lo tiene consigo: toma fotos de la pista, precisa un zoom haciendo gala de un pulgar oponible potenciado, una pinza de precisión que domina los bits; la pantalla escanea, indica coordenadas de luz mientras en la esquina superior puede verse un videoclip con una pareja bailando; se puede imaginar la música por el marcar acompasado del vecino. El avión empieza a moverse y él decide volver a grabar la pista. Mi vecina sigue mirando el Corazón de Jesús en su teléfono, lo acaricia con su dedo índice lentamente, sonríe a la pantalla.

Iniciamos el vuelo y mi vecino ajusta sus audífonos, toca el lado derecho y mueve su cabeza, vuelve a tocar, indeciso, su mirada escanea casi como la pantalla y, finalmente, sus dedos marcan el compás sobre el pantalón; en segundos se duerme. Mi vecina aún mira su chat, sube el índice, ronda su tiempo y finalmente mete el teléfono en su cartera negra; saca su rosario, murmulla, y haciendo gala de su pulgar oponible, mueve con destreza hacia adelante y hacia atrás cada uno de las esferas pequeñas de aquella cadena dividida en cinco ristras de diez. El pulgar oponible rastrea bolita a bolita los misterios gloriosos, plegarias que se despliegan en la memoria  de mi vecina entrenada, como el chatgpt, con siglos de información religiosa. Una serie de escenas debe activarse en su cabeza, casi como un videoclip.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Subí a la loma, ambienté cebras, evalué propuestas (2022)


Este año:

Vi a mis amigos abrazarse con llanto (no importa dónde, no importa cuándo). Enderecé varias veces los libros. Vi gatos disfrutar la telenovela de la tarde. Comparé rostros, los de ayer, los de hoy. Volví a extrañar. Rocé mis dedos por las viejas sillas, limpié ventanas, ordené palabras, jarrones y cofrecitos. Comparé resultados electorales.  Descifré titulares. No supe despedirme. Me asusté con los puntos suspensivos. Dejé gente en visto, como embestida. Me desolé con entradas clausuradas. Otorgué poderes; recibí otros. Volví a sentir el olor de viejas escenas. Distribuí espacios; perdí algunos. Salí sin tapabocas. Extrañé partidos. Analicé poses. Bailé con dinosaurios. Le di zoom a las fotos. Me confundí varias veces con el test. Perpetré levedades. Convencí. Corregí pequeñeces. Recibí amigos.  Visité amigos. Penetré murallas.  Imaginé noches santas. Hice trámites allá y acá. Mis fronteras se diluyeron un poco más. Cuestioné menos de lo que debería. Pagué salarios, impuestos y gestores. Conté saldos, saqué cuentas. Me pareció ver tristeza en la mirada de los perros.  Admiré la elegancia de algunas mariposas. Sentí tensiones. Aprobé la selección de mis amigas. Me tomé más selfies. Limpié la mesa cientos de veces.  Me provocó caminar hacia atrás. Vi arremeter la palabra dólar. Quité malezas. Esperé transformaciones. Esyaré mis excesos.  Soñé con mi casa (muy) vieja. Diseñé eslóganes. Regañé a mi lado izquierdo. Me dio menos calor. Contemplé maniquíes. Canté menos de lo que quería. Quedé desenfocada en ocasiones. Descubrí patrones. Conté corchos. Separé desechos. Miré el mar y toqué el sol. Subí la loma y regresé triste. Invité a narrar. Fui a una despedida de solteras. Regué lágrimas entre fado y fado. Descubrí gaviotas. Ambienté cebras. Evalué propuestas. Entré a una Iglesia por la puerta de salida. Imaginé pintores en su cocina. Enfoqué antigüedades. Recorrí en moto las calles de Madrid. Desarmé posibilidades. Quité pliegues. Dije que no. Dije que sí. Organicé índices. Publiqué dramas. Borré dramas. Entendí ocasiones. Revisé Wikipedia. Hice inventario de últimas circunstancias. Filtré la realidad. Subí el tono. Deseché estrofas.  Guardé stickers.  Colgué rarezas conjugadas. Prorrogué mis tristezas. Sinceré mis dudas.

Que siga la lista para el próximo año. 

YB / Bmnga dic 2022

martes, 5 de julio de 2022

Serrat y su vicio

 

“Bona nit”, dijo Serrat cuando apenas hubo la calma necesaria, después de entrar al escenario. Anda de despedida por el mundo sin que le creamos mucho porque sus canciones son eternas. Claro que quienes lo escuchamos quizás no seamos los mismos porque en realidad a cada rato estamos como despidiéndonos de lo que somos y cuando volvemos a ver un artista en vivo quizás los versos que te atraigan sean otros, distintos, o al menos alzarás la voz en las estrofas menos esperadas.

La primera vez que vi a Serrat en vivo fue en Bogotá, un abril de 1992. Ahora, 30 años después lo volvería a ver en Mallorca, tan vigente, aunque insista en decirnos un adiós delicado y elegante. Recuerdo que en el Teatro Colón de Bogotá los músicos empezaron a tocar, casi susurrando, la introducción de Mediterráneo y Serrat empezó a cantar cuando aún no había salido del escenario, de tal manera que cuando se paró frente a aquel público ya todos estábamos de cómplice con aquel cantor, embustero confeso, con alma de marinero. Yo era muy joven y quizás mi niñez andaba todavía con visos de arena, aunque no de playa. Con esa canción descubrí que el Mediterráneo era una forma de vida, más allá de lo que me habían enseñado las páginas de geografía universal. Y que a cada quien le cuelga su aventura de infancia una y otra vez.

Había descubierto a Serrat algo tarde porque mi pueblo allá en Venezuela no daba para ínfulas melódicas alternativas. Me lo presentó un gran amor universitario a quien le daba por lanzar desde flores hasta los propios jarrones por la ventana cuando escuchaba que el nombre de alguien sabía a hierba. Joan Manuel Serrat sacó el disco Mediterráneo el mismo año en el que yo nací, de tal manera que me habría perdido gran parte de las emociones que justificarían aquella portada de mar con el rostro de un treintañero irreverente. Pero no hizo falta tampoco mucha introducción y me enganché con gran parte de sus letras, además de la música que propuso a poemas desgarradores de poetas como Miguel Hernández y Antonio Machado.

El concierto de Mallorca el 3 de julio de 2022 fue un regalo de vida. Serrat y su vicio de cantar se despiden del público. Fue en terreno catalán, el propio de Serrat, el que ha defendido siempre. Hasta el silencio se hizo cómplice entre casi tres mil personas. “És un plaer estar aquí una vegada mes, gaudint d'un paisatge, d'una gent i d'uns records que he anat acumulant al llarg dels anys”, dijo Serrat. Casi llora. Pero decidió invitar a una fiesta, como el día de San Juan en el que en las calles de los pueblos se llenaban de bombillas y el bien y el mal bailaban juntos. Vamos, subamos la cuesta. Y cada quien se dejó llevar con las canciones de Serrat.




No olvidaré nunca cuando en este concierto Serrat y su público me presentaron a María del Mar Bonet (la he descubierto algo tarde, también). Ella subió al escenario, las sillas temblaron de emoción y empezaron a cantar, ella, Serrat y las tres mil personas. Los himnos se intuyen. Se escuchó un rumor afinadísimo: “… fila, fila la Balenguera filaràcom una parca bé cavila, teixint la tela per demà”, un futuro colectivo tejido con paciencia y música. A mí también me dieron ganas de llorar.

Serrat cantó y contó con emoción por casi dos horas hasta que la fiesta fue acabando y tuvimos que bajar de nuevo la cuesta, despedirnos cada quien de nuestras propias historias. Las señoras, los señores, y los neutrales, como dijo él mismo al inicio. Finalmente dijo adiós. Aunque muy probablemente nadie le creería porque sus canciones son eternas. Siempre descubriremos que le haría falta una mano de pintura al techo, mientras nos ocupa el pensamiento de alguien, por decir lo menos.






domingo, 21 de marzo de 2021

Lágrimas recicladas

 

Esta mañana pasó el recolector de lágrimas y terminó de limpiar mi zona; le pedí que me dejara unas cuantas.

      -    No, señora, éste es mi trabajo. No podría permitirme yo dejar suelto por ahí material que empañare el compromiso ciudadano de aportar lágrimas para estandarizar la tristeza- comentó el reciclador sin clemencia.

Le fui entregando mis lágrimas una a una. Empecé por las más pequeñas, las que saltan independientes, desperdigadas como canicas. Tuve que buscar algunas debajo del sofá. Muchas habían ido a parar ahí el día en el que los recuerdos infantiles volcaron mi mente: calles sucias, polvorientas, desorientadas, pero precisas en gracia; una vereda larga que no acababa nunca, por más que quisiera pensar en otra cosa; la cuerda saltando una y otra vez, a veces torpemente, el sudor, el bolsillo roto, los secretos bajando por la entrepierna y un pedacito de color rojo carmesí dentro de la cartuchera. Vi a mis amigos tan pequeños como yo, cómplices pero implacables, iba decir que allá al otro extremo, pero verdad que no se acaba, la vereda no tiene fin.

-Q        - Qué manera de llorar a destajos y dejar un desorden de lagrimitas- reclamó el recolector.

Es verdad. Había prometido que no lo volvería a hacer, sin mucho éxito. Miré allá, junto a la pata de la silla, dos lágrimas más, de esas que caen cuando uno se entera, justo en la página 24, que el protagonista de la historia no encontraría la habitación que andaba buscando.    

-                     - Mire ésta ¿cómo es que fue a parar a esa rendija?

En realidad, esa lágrima la quería mantener cerquita de mí. Había rodado en medio de una melodía suelta en modo menor. Y yo con aquellas ganas de hacer la segunda voz, tan triste.

-                       - Si quiere, vengo mañana, cuando usted esté por fuera y así no tiene que…

Insistí en que se quedara y decidí ayudarlo con las lágrimas más pesadas, difíciles de mover. Algunas las entregué en forma solícita, con bondad, lágrimas verdaderamente reciclables, compatibles con cualquier tipo de tristeza. Para aquellos que no pueden llorar siempre es útil.

-                          -Acá está otra, de las que yo llamo rebeldes. ¿De dónde habrá salido? -seguía el señor hablando, poco interesado en alguna respuesta.

Ya ni me acuerdo. Esa lágrima no debía ser mía porque estaba deforme. Yo, cuando lloro, me aseguro de moldear muy bien mis tristezas, con lágrimas redonditas. Salvo las que ruedan por mi país. Esas se van pegando por las esquinas hasta hacer un hilillo fino, casi imperceptible, alargado, inacabable. Como las veredas de mi niñez.

-                      - ¿Quiere que pase mañana? Así usted no tiene que…

En realidad, ya estábamos terminando. No era necesario postergar el servicio de lágrimas recicladas. Ya vendrá otro material en camino.



domingo, 12 de julio de 2020

Encerrados

Drywall 
Esas paredes lisas, impolutas que encierran tantos secretos. Una vez organizada la textura, todo, todo, queda adentro: almas crudas, corrugadas, minúsculos intersticios por donde circula lo imperfecto. Un mundo de sonido hueco en el que ahora nos provoca entrar para escapar de tanto virus. Mientras tanto, la ciudad afuera cuelga de un gran lienzo, sin importar horario. Treinta centímetros de cartón yeso no son suficientes para guardar el color indeseado, el olor prohibido, la culpa apretujada. Por una rendija a veces se cuela la otra escena y los ojos no dan crédito por tanta sociedad intranquila, tan difícil de tapar con un dedo.

Mundo vertical
En las horas de encierro el edificio intensifica sus sonidos y los olores parecen invasores implacables. El mueble rodado tantas veces en el apartamento de arriba hoy volvió a tronar y creí que estaba a punto de temblar; en la noche, cuando quise rodar mi silla, pensé en eso y sentí la necesidad de flotar. Hago yoga y al respirar profundo vuelve el monte quemado y me produce náusea. Ya no quiero sentir el olor a marihuana porque no es mío. ¿No podrán flotar los niños de al lado, silenciar sus ánimos en cuarentena?

Mundo virtual
Todo el planeta es un edificio enclaustrado, con muchas ventanillas abiertas en el computador. Ayer me salió una publicidad en Youtube y sentí que quien hablaba no mantenía la distancia adecuada; me alejé un poco más de la pantalla, como sugiere la OMS. Pero los audífonos no son tan extensos ¿Por qué la señora de la película sale corriendo de su casa si estamos en cuarentena? ¿Ya me lavé la manos? Las horas se convierten en una eternidad, si estás encerrado con visitantes microcoscópicos que nublan tus pasillos mientras duermes.

Mundo animal
Mientras las calles se llenan de jabalíes, renos en pijamas, zorros bebés y venados ingenuos, las cucarachas no han podido hacer su día, las hormigas de jardín empezaron a hacer asambleas y los tuqueques permanecen en guardia. Conozco ya con detalle la bata de baño manchada de polvo, colgada tanto tiempo sin ser usada y yo mirándola cada vez que voy a lavarme las manos. Tanto implemento quieto se despierta ante mis ojos, de tanto que se ve, tantas horas, tanto mundo encerrado.

Global
Es un mundo global, asustado, el que mira la misma imagen de un Papa solitario. Parece un pañuelo, esta vez mojado con lágrimas enjugadas en varios idiomas. Un mundo que no cesa de producir click, con millones de mensajes pasando de un dispositivo a otro, contaminados de miedo. La voz del señor que canta en Italia, con infinita tristeza, se cuela por las rendijas de una calle confinada y vuela rápido, como un virus desalmado, a millones de pantallas. Un meme, dos memes, seis muertos nuevos, cinco millones de click,  curva ascendente e implacable, cinco mil muertos nuevos, treinta millones de lecturas por segundo.

Amazon
Dos cajas que llegan de China, con cuatro click previos, descansan en Miami, mientras Trump revuelve el discurso de la higiene. Ocho manos cansadas se rotan el empaque de un pedido en espera. Doce horas en un buzón, encerrado, como gran parte del mundo, separado por paredes oscuras. "Nuestro servicio garantiza manos limpias", y sin embargo, qué miedo. El señor alto y negro,  acaba de dejar a su mujer obesa y triste, cansada en un sofá malherido; mientras ella escucha el discurso de Trump, él recorre varios kilómetros con la caja a cuestas y abraza la baranda con una angustia ancestral. El paquete vuela a Bogotá. En la oficina de recepción cuatro personas miran las noticias de aislamiento, mientras empujan sin ganas el pedido casi cerca a su destino; esta noche los cuatro empleados llegarán sin fuerzas, pensando en un salario mermado, con virus o sin él. Un puente aéreo, dos oficinas más, otras diez manos cansadas y cinco tapabocas cuestionados. El señor del piso 2 no recuerda ya si necesita aquello que solicitó desde su computador; la incertidumbre llegó más rápido, sin régimen fiscal. De pronto se imagina la llegada de un virus advertido, anunciado. Suena el timbre. Llega el paquete. Qué miedo.

Marzo 2020

domingo, 23 de febrero de 2020

Tus hijos está bien




El hambre lleva en sus cachos
algodón de tus corderos,
tu ilusión cuenta sombreros
mientras tú cuentas muchachos;
una hembra y cuatro machos,
subida, bajada y brinco,
y cuando pide tu ahínco
frailejón para olvidarte
la angustia se te reparte:
uno, dos, tres, cuatro, cinco...

Andrés Eloy Blanco





Cuento dedicado a Andrés Eloy Blanco
Por: Ysabel Briceño

Si usted se descubre un día contandito las estrellas... seis, siete, ocho, nueve, diez, tenga cuidado de no alborotar los versos de la loca, esa mujer solitaria, entretenida y confiada en los mensajeros de la semana, que va montada en una nube, de Chachopo a Apartaderos.  Yo misma me fui un día detrás del caballo con uno de sus hijos, mientras los corderitos amañaban los ánimos de su madre.  ¿No me creen? Les voy a contar un cuento.

Me la presentó un señor llamado Andrés Eloy una mañana de esas, cortejadas por los frailejones. Todo fue tan rápido, que hasta llegué a creer que llevaba en sus bolsillos unas manos envasadas para cada ocasión triste. Contaba sus cuitas y las iba colgando de cada dedo, hasta parecer un andamio de mariposas. Tenía siete, tres o cinco hijos, ya la cuenta la perdimos, pero su cortejo ambulante era siempre solitario. Me preguntó por ellos: Rubén, Vicente, Gisela y Félix. Y yo le mentí.

Le dije que el mayor había cruzado la frontera camuflado de cigüeña y que era mensajero de los atardeceres, que estaba bien, sí, volando, como ella le había enseñado.

La loca Luz me regaló entonces una violetica de mayo, muy parecida a la de los poetas.

Luego le conté de Gisela, seguía sonriente como siempre; se la pasaba distrayendo a los temerarios para que las personas pudieran aprender sus guiones de la paz. Claro que era importante su trabajo, sí. Era telonera de obras pasajeras y entre una escena y otra, dibujaba niños bajando de la montaña con una estrella de regalo.

Vi entonces que las manos de la loca Luz  se embellecían mientras contaba de nuevo: uno, dos, tres, cuatro.

Le entregué una carta de su amado y le pedí que lo perdonara por no haberle escrito antes. Era amaestrador de luciérnagas, y ya sabes tú lo que demandan esos seres titilantes.

¿Vicente? el hijo del medio, sí, por ahí lo vi un día corriendo sin cesar, pero no escapaba de nadie, no: era compañero apresurado de la esperanza y, tenía que seguirle el paso porque de vez en cuando se diluía.

Y Félix era domador de confusiones. Iba acompañando a los perdedores por las cordilleras andinas, Berlín, Tunja, Huila,  Chimborazo. Cada vez que esos héroes invisibles se sienten perdidos, él dibuja un canal de olores de cocina de infancia y les da paso, uno a uno. Un día, perdida entre mis tristezas, caminé tras su caballo hasta recordar qué andaba buscando.

La loca Luz, que escuchaba atenta, brilló entonces, me contó las líneas de la frente y fue guardando poco a poco sus recuerdos en el bolsillo, ocho, nueve, diez.

sábado, 10 de febrero de 2018

Inmigraña



Los de adentro
Ellos van a estar bien. Se quedarán en casa deshojando el calendario entre horas mal trajinadas, con la esperanza envuelta en papel reserva. Como agotando las ganas sin saber qué hacer. Estarán bien, caminando entre calles inseguras, pero precisas. No tendrán alma que comprar (las últimas almas en oferta pasaban de 100mil) ¿Dónde habrá un cajero que arroje dinero para adornar un par de minutos de cualquier día? Pero digamos que estarán bien. Podrán mirar  al vecino de siempre y se reconocerán en su presente continuo, exiguo, iba a decir demacrado. Es decir, bien. Mirarán la valla destruida, derruida, ajada y creerán que es la misma que miraron siempre. Seguirán mentando la madre y nadie volteará a preguntarles de dónde son. Adornarán la fatiga con dulzor. Y hasta les dará tiempo de descorrer el velo cada vez que alguien les prometa un cambio.

Los de afuera
Ellos estarán bien. Se irán volando, nadando o caminando, imaginando lo nuevo entre agobios. Dejarán a un lado la hora cero, aunque tendrán que descifrar las estrofas de los pregones, de los versos patrióticos, de los guiños inexplorados. Cortarán las frases en cada frontera. Perderán tiempo en vencer su idea del otro, estarán desnudos de lo común, pero estarán bien. Andarán venciendo sus propias mañas camufladas de foráneos y tendrán que llenar páginas de desconcierto. Pero descubrirán rincones con filas diluidas. Podrán comer y ahogar sus quejas en la merienda. Calmarán las ampollas y estarán bien. Se extrañarán de sus propias mentadas de madre. Mirarán las estatuas con cariño, como arropando una historia ajena. Y terminarán preguntándose por la nacionalidad de las miserias.



lunes, 17 de julio de 2017

Domingo democrático

Notas de la jornada de consulta popular de venezolanos en Bucaramanga el 16 de julio de 2017.

Primer cuaderno:
Señor ¿Sabe cómo votar? Debe responder las 3 preguntas y...
- Sí, Sí, Sí
- ... Recuerde que no debe dejar...
-Sí, Sí, Sí
Y se fue contento con su papel el señor de 72 años.
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- Señora ¿Dulce? (el miembro de mesa revisa el nombre de la señora que se acerca a votar)
- Amarga desde hace 18 años, mijo. Vengo a votar a ver si recupero mi nombre.
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La mayoría llega contenta, eufórica, sacando su cédula venezolana y cuando le piden el pulgar para la huella, pone el índice, confundida. En Colombia la huella se suele dejar con el índice y nosotros los venezolanos nos amoldamos rápido a este país que nos acoge.
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Segundo cuaderno
Eran las 6:50 pm cuando, al no ver más gente en cola, anunciamos el cierre de la jornada y dimos un aplauso eufórico.
Pero empezaron a llegar personas regaditas, corriendo, preguntando si podían votar; llegaban esperanzados, como cuando ansías que no te cierren la puerta del cine, de esa obra que tanto querías ver. Traían el sudor del día domingo, algunos con bolsitas amarradas en la mano, trajinadas como su esperanza. En los casos muy inmediatos no hubo forma de decirles que no y alcanzaron a votar en la mesa que aún no había cerrado. Nadie les compró su voto, no tuvieron que verse restregados en la miseria de decidir porque alguien les hubiera prometido una bolsa de comida. Vinieron solos, tenían en su agenda votar porque se vuelven a sentir parte de algo que los supera como individuos; es su pedacito de voz que aunada a otros pedacitos se vuelve un grito. Ahí es cuando se entiende aquello del derecho soberano: yo vine, yo dije, yo participé.
Pero no todos lo lograron. Ya cuando empezó el conteo manual de votos se siguieron acercando otras personas con voz tímida y frustrada por no haber podido llegar a tiempo. Uno de ellos, un hombre de piel muy oscura, grandote y musculoso, llegó con su braga de mecánico. Preguntó si podía votar y ante la negativa lanzó un sentido: ñoesumadreee. Se quedó segundos pensando mientras se secaba el lagrimal. "No me dieron permiso para salir antes, nojoda".

Me imaginé a Rousseau tirando piedritas en un parque, una tarde nublada.

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Cuando contábamos las boletas, alguien sugirió voltear y agradecerles con un fuerte aplauso a ellos, los que estaban aún del otro lado de la calle, vigilantes aún.
No me dio tiempo de saber cuántos eran, pero la Policía Nacional de Colombia estuvo presta durante todo el día para velar por el orden en una actividad con más de mil personas juntas, como lo reza el comunicado.
Se ven jóvenes, respetuosos, guardianes permanentes. Serán los ojos de quien contrasta el rol del uniformado con botas en su país natal.
Aunque no hubo desorden público, ellos estuvieron ahí, animados hasta última hora. Nos volteamos todos, agradecidos con un gran aplauso. Julián, de 24 años, estaba a mi lado y aplaudía sonriente; de repente se volteó a decirme: "primera vez en mi vida que le aplaudo a un paco".
Se me vino el mundo encima y se me ocurrió pedirle perdón a esta generación de jóvenes venezolanos que creció con los militares en el poder, esos que sonríen con sorna mientras se miran su bota reluciente y esperan que el civil se voltee para atacarlo.
Seguí aplaudiendo y se me llenaron los ojos de lágrimas, una vez más.
No sé por qué pensé en Hobbes, como nadando en una piscina de tres centímetros.

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Después de una larguísima, agotadora y emocionante jornada, se fueron yendo uno a uno y quedó lo que llamamos en nuestra pretensión organizada, el comité del punto soberano de Bucaramanga.
Cada quien empezó a agarrar las bolsas de basura, recoger las cajas, vino el cepillo de barrer, desmontar una gran carpa. Todos los hombres exhaustos, se alinearon en una esquina y uno, dos, tres, abajo, a recoger grandes tubos, doblar la lona, quitar los cables, seguir la vida.
Ahí no hubo camión del CNE ni máquinas samartmatic, ni órdenes y contraórdenes. No hubo barandas, no hubo maniqueos discursivos.
A las 9:00pm, nos sentamos un rato en la acera a ver pasar la euforia. Había tanto silencio que logré escuchar un lejano vallenato.
Tuve que imaginarme a Simón Bolívar en una hamaca destemplada.

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domingo, 9 de julio de 2017

Una convocatoria popular: mitad legal, mitad irreverencia


Acá dejo algunas consideraciones por las que me he paseado para entender el llamado a consulta popular que se realizará el 16 julio 2016 en Venezuela, convocado por la oposición:

·  1.- Las constituciones en América Latina han venido sufriendo una transición del modelo representativo, en las que se soportaba la participación únicamente en el voto, a un modelo  de democracia participativa, que justamente trasciende al voto, para apoyarse en mecanismos de consulta, entre los que se incluyen figuras como revocatorios, referéndum, plebiscitos, entre otros.

     2 .- Las constituciones han incorporado de manera diversa estos mecanismos. Por ejemplo:

o   En Venezuela, la Constitución define la participación en el artículo 70: Son medios de participación y protagonismo del pueblo en ejercicio de su soberanía, en lo político: la elección de cargos públicos, el referendo, la consulta popular, la revocación del mandato, las iniciativas legislativa, constitucional y constituyente, el cabildo abierto y la asamblea de ciudadanos y ciudadanas cuyas decisiones serán de carácter vinculante... La ley establecerá las condiciones para el efectivo funcionamiento de los medios de participación previstos en este artículo.

o   En Colombia, la Constitución define la participación en el artículo 103: Son mecanismos de participación del pueblo en ejercicio de su soberanía: el voto, el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato. La ley los reglamentará.

3.- Aunque algunos países como Colombia establecen una diferencia en su constitución para referirse a referendo o plebiscito (el primero, para enmendar la constitución; el segundo, para decidir sobre temas de trascendencia nacional), Venezuela en su constitución le llama indistintamente a estas dos consultas: referendo popular. En el artículo 71, se dice: Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo por iniciativa del Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros; por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes; o a solicitud de un número no menor del diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el Registro Civil y Electoral. (Hasta el artículo 74 se prevén los tipos de asuntos para los que se puede plantear un referendo).

4.- Venezuela no establece en su Constitución la figura de Plebiscito. 

5.- Según se ve en la Constitución venezolana, el mecanismo de referendo está soportado en el Poder Electoral. La decisión del movimiento opositor de organizarse es inédita, no sólo en Venezuela, sino también en el mundo, debido a que:
o   Aunque se soporta en el artículo 70 de la constitución, y ha sido aprobado por la Asamblea Nacional, no tiene el amparo institucional del Poder Electoral (CNE). Principalmente porque el llamado está basado en el  principio de desobediencia civil, previsto en el artículo 350 de la Constitución: El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.

o   No encuentro en el mundo una iniciativa de consulta popular en temas de impacto nacional (que  no sean inherentes a cambios en la constitución o que no se trate de revocatorios), soportadas logísticamente en la organización civil, lo que constituye, en mi opinión, un mecanismo inédito de desobediencia civil que implica un reto organizativo para la oposición en Venezuela, para demostrar y hacer visible cuántos rechazan lo que está sucediendo en este momento con el gobierno de Nicolás Maduro; y cuántos proponen un cambio en Venezuela. 

6.- Creo que llamar plebiscito a esta iniciativa no debería invalidarla, puesto que en sí mismo es un acto de desobediencia civil que desconoce al CNE como figura institucional para convocar al llamado. Pero si ayuda, no tenemos problema en decirle "consulta popular". Las palabras valen mucho en este momento venezolano.

7.- Las preguntas en los plebiscitos en el mundo han sido muy difíciles de dejar contento a todos. Acá dejo algunas experiencias de plebiscitos en el mundo, compiladas el año pasado con mis estudiantes de la UNAB (ver información completa acá):

¿Qué se ha preguntado en los plebiscitos del mundo?

Reino Unido
¿Debe el Reino Unido continuar siendo miembro de la Unión Europea o debe dejar la Unión Europea?
1.    Continuar como miembro de la UE
2.    Dejar la UE

Sudáfrica
¿Apoya la continuación del proceso de reforma que el presidente inició el 2 de febrero de 1990 y que está dirigido a crear una nueva Constitución a través de la negociación?
1.    
2.    No

Gibraltar
Contó con una introducción y posteriormente con la pregunta: “El 12 de julio de 2002 el Secretario de Relaciones Exteriores, Jack Straw, en una declaración formal en la Cámara de los Comunes, dijo que después de doce meses de negociación, el Gobierno británico y español están en general de acuerdo en muchos de los principios que deben sustentar una solución duradera del reclamo de soberanía de España, que incluye el principio de que Gran Bretaña y España deben compartir la soberanía sobre Gibraltar.¿Aprueba usted el principio de Gran Bretaña y España deben compartir la soberanía sobre Gibraltar?
1.      Sí
2.        No

Eslovenia (primer caso)
¿Debe la República de Eslovenia llegar a ser un estado independiente y soberano?
1.     
2.     No
  
Eslovenia (segundo caso)
¿Está usted a favor de la entrada en vigor de la ley sobre enmiendas y complementos de la ley del matrimonio y familia, que el Parlamento aprobó el 3 de  marzo de 2015?
1.     Sí
2.    No

Croacia
En este caso no hubo preguntas, sino que cada ciudadano depositaba en las urnas una papeleta de color, según su elección. Si apoyaban la independencia debían usar la azul y si estaban en contra, la roja.

Timor Oriental
"¿Acepta la autonomía especial propuesta para el Timor Oriental dentro del estado unitario de la República de Indonesia?”con la imagen de una bandera sobre fondo azul y un recuadro para aceptar. Y “¿Rechaza la autonomía especial propuesta para el Timor Oriental, lo que comporta la separación de Timor Oriental de Indonesia?”, marcado con una bandera en fondo verde y la opción de rechazo.

Colombia:
1 de diciembre de 1957, durante el gobierno del general Rojas Pinilla. En esa oportunidad los colombianos debían decir sí o no a varias preguntas que eran inherentes, entre los aspectos más significativos a: la transición a una democracia de partidos, con alternación liberal-conservadora (lo que fue llamado Frente Nacional). Por primera vez, la mujer colombiana ejerce el derecho al voto, en acto de igualdad de género.

2 octubre 2016:
¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?
1.    
2.     No


Para recordar:
En Venezuela, durante el gobierno del presidente Chávez realizó varias consultas llamadas refererendos, en su mayoría relacionados con temas constitucionales:
- Referendo constituyente de 1999, en el cual se preguntó por la sustitución de la constitución de 1961. El resultado fue de aprobación.
- Referendo de 2004, convocado por la oposición para revocar el mandato de Hugo Chávez. El resultado fue negativo y Chávez continuó en el poder.
- Referendo de 2007, convocado por el presidente para imprimir socialista a la constitución. Fue el único revocatorio en el que Chávez resultó perdedor, pues fue rechazada su propuesta.
- Referendo de 2009, convocado por el presidente para enmendar la constitución y proponer la continuidad en la elección en los cargos públicos. El Poder Electoral comunicó los resultados a favor de Chávez y su propuesta fue aprobada.


Sobre las decisiones de Maduro:
El primero de mayo de 2017, Nicolás Maduro convoca a una “asamblea comunitaria, por sectores” que no está prevista en la Constitución venezolana. En rigor, la constitución venezolana establece en el Capítulo III las formas de convocatoria a una Asamblea Constituyente, definiendo que aunque el presidente, la Asamblea o un 15% de la población de electores puede tomar la iniciativa, la convocatoria, pero finalmente es decidida por el pueblo, entiéndase la mayoría; es decir, se requiere a un llamado nacional que refrende tal decisión. 

El llamado de Maduro está saltándose este llamado nacional y está decretando de manera unilateral un proceso de constituyente. Está claro que la idea de referendo, amparada en la constitución venezolana, en la que se amparó por más de una década Hugo Chávez, no le sirve a Maduro, dada su baja popularidad, quizás la más baja de la historia de los presidentes venezolanos por más de un siglo. 

Otra publicación mía sobre los plebiscitos:
El (falso) dilema