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martes, 5 de julio de 2016

Con el perdón de los clásicos



Cuando Fray Luis de León retomó sus clases en el siglo XVI, ante la mirada expectante del auditorio, tras un largo período en el que fue encarcelado por atreverse a traducir pasajes un tanto eróticos, simplemente inició: “como decíamos ayer…”. Esta frase, palabras más, palabras menos, ha sido reconocida históricamente como un acto de fortaleza de aquellos intelectuales que son oprimidos por el poder y que, ante amenazas y situaciones injustas, son capaces de tomar tales circunstancias como un paréntesis menor que no mengua la valentía de las víctimas.

Unamuno también repetiría la frase de Fray Luis de León, en la primera mitad del siglo XX, al retomar su actividad docente, después de un exilio forzoso por razones políticas, cuando el régimen español de Miguel Primo de Rivera lo obligara a ejercer su intelectualidad en otro lado, donde estorbara menos a la reserva de los altares.

En cierta forma, ese “como decíamos ayer” es una irreverencia sutil que puede hacernos llegar a la afortunada conclusión de que la razón siempre terminará ganando y que, por más que se ahoguen las aulas de clase en períodos autoritarios y populistas, ahí estarán los pupitres esperando para continuar, como ayer, el debate y darle rienda suelta al argumento para convencer sobre rutas y caminos de un pensamiento en permanente construcción, nunca concluido.

Como sabemos, en Venezuela las aulas de las universidades autónomas se encuentran a media asta. Un afán progresivo del gobierno por el desprecio a la intelectualidad ha dejado los pupitres en alerta permanente. Afortunadamente, éstos han sido de los pocos espacios que el chavismo no ha podido secuestrar, pese a las contorsiones precarias para ganar tribuna política. Pero hay formas más sutiles de ahogar la actividad universitaria, mecanismos lentos que van penetrando los pasillos hasta que la falta de oxígeno se nota en los cafetines, en las conversaciones, en los proyectos desvencijados, en las fotos de cartelera de aquellos que ya no están porque decidieron salir del país.

El chavismo decidió construir su propia idea de la investigación y de la educación universitaria al concentrar los recursos del Estado en estructuras paralelas como la UNEFA, Universidad Bolivariana y universidades experimentales en donde se alimentó la ilusión de una mayor población formada, pero con mecanismos expresos, ideologizados y de sospechosa calidad. También se concentraron los recursos en programas peligrosamente etiquetados como populares, secuestrando incluso la genuinidad de aquellos tecnólogos que avanzaron en tiempos anteriores sin la arenga del comandante eterno. Una estrategia populista eficiente, pero poco sostenible en términos de producción científica.

Según un estudio sobre pérdida de talento, realizado por el profesor Jaime Requena, en los últimos años han salido de Venezuela más de 1500 investigadores y docentes universitarios, con alto perfil de capacitación; se trata de un grupo responsable de casi 30% de la producción científica en el país, medida en artículos, en los años pasados. El gobierno venezolano no ha podido conciliar ideología con producción científica, algo que sí pudieron hacer en su momento países como Cuba y la antigua Unión Soviética. De ahí el paradójico descenso de la producción científica, comparado con la alta inversión en el sector CTI, registrada por los números oficiales. Dejar morir la investigación y la actividad en las aulas de las universidades autónomas es la consigna expresada en la asignación de un presupuesto mínimo, mientras el poder descalifica permanentemente a quienes hablan en nombre de estas instituciones y arma su propio tarantín de aulas sumisas.  

A estas alturas del camino se me resbalaría un reclamo contemporáneo a la expresión “como decíamos ayer”; esta frase, tan celebrada por la historia, se me antoja con una felicidad incompleta. Si bien significa valentía y fortaleza, ya no podemos conformarnos con asumir que el ataque oficial a las universidades sean meros paréntesis enarbolados por rumbos del poder entronizado. Decir lo que pasó (afortunada conjugación, la del pasado) implica, en primer lugar, no obviar la permanente amenaza de que la historia circule y se encuentre de nuevo con situaciones similares a la de Fray Luis de León, la de Unamuno y la de científicos de esta época que, como en Venezuela, se han visto obligados a dejar sus laboratorios, sus escritorios, sus alumnos, sus cafeterías de discusión, porque unos pocos llegan al poder y señalan esta actividad como elitesca y repugnante.


Cuando cese el hostigamiento oficial a las universidades autónomas venezolanas, será su responsabilidad pensarse en su relación con la sociedad y demostrar que no hay nada que haga a un país más libre que una población informada, educada, crítica y sin ataduras. Será responsabilidad de las universidades autónomas no disfrazar lo que ande mal y autoevaluarse permanentemente en forma transparente a una sociedad. Y convencer que la justicia social implica un camino planificado, levantado a punta de conocimiento y sensibilidad, y no de arengas populistas. Será una forma de insistir en que aquí sí ha pasado algo.